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La monja cojonera

Publicado en: Diario de Valencia | 0
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(publicado en ‘Diario de Valencia’, 13 de octubre de 2002) 

imagesHWD8CO3JSucedió hace quince años, en un repleto compartimiento del Irún-Lisboa de lenta velocidad y mucho ruido. Había decidido aquella tarde de agosto, pensat y fet, estudiar in situ la Real Senyera pintada sobre el portulano del Museu de la Marinha de Lisboa (copia de la auténtica de Módena, del s. XV con corona y franja azul). El interior del nocturno armatoste que se arrastraba hacia la ciudad del fado (con d, ¿eh?), me hacía soñar con el novelesco Transiberiano; y allí -entre peste, penumbra y sudor- estaba la limpia y locuaz monja cojonera, dispuesta a impedir que nadie pensara, o hablara nada incorrecto. Y dieron la una, las dos y las tres de la madrugada, y la monja hablaba, hablaba, hablaba.

Nadie pecaría en aquella sauna que olía a bacalao, ni la anciana portuguesa de tez rojiza, ni los estudiantes que le seguían el rollo o los demás viajeros atrapados por la parlanchina mística. A las tres de la madrugada, cuando era lógico que la monja cojonera cerrara los ojos… ¡sacó un guitarrón y se puso a cantar! Al amanecer se adormiló el bicho.

Aparte de la monja cojonera que emite ruido, hay variables como Sor Lucía Caram, joven dominica contemplativa del Monasterio de Santa Clara de Manresa, actual estrella del catalanismo místico que hace exclamar a sus fans: ¡Caram amb la monja!. Sor Lucía nació en Tucumán en 1966, pero a los 22 años, según declara, «decideix venir a València, perquè a l’Argentina, la vida contemplativa s’ha quedat enrere, era impossible desenvolupar les inquietuds»

Como buena argentina, escribió sobre psicología, teología, pedagogía, homeopatía y demás gías y tías que ustedes puedan imaginar; aunque su vida cambió gracias al motilón leonés que le aconsejó: «Creu en Déu més que mai i aprén català». Obediente, aprendió la lengua del IEC con el Digui-digui y, en la actualidad, aparte de colaborar con la Fundació Joan Maragall, es una escritora aplaudida por las huestes del Maragall de la Corona y la Ferrussola de los emigrantes. El 26 en mayo, el mismísimo alcalde de Manresa Jordi Valls i Riera presidía la presentación del diccionario de nombres que, según Sor Caram, es para que los padres pueden elegir el nombre de sus hijos en castellano, euskera, gallego y catalán; pero no en valenciano, idioma inexistente para la contemplativa argentino-catalana. Los del Digui-digui, según parece, la han incorporado a la cruzada contra Valencia.

La experta en antropónimos y doctorada en Digui-digui recoge minuciosamente el lugar de origen de los santos catalanes, sean famosos o piltrafillas (Santa Joaquina Vedruna nació en Barcelona el 23 de abril de 1783; San José Oriol, sacerdote barcelonés; San Antonio María Claret, nació en Barcelona el año 1807, etc). No obstante, al abordar nombres como Vicente, a Sor Caram no le queda más remedio que citar a San Vicente Ferrer, concediéndole más tinta que a otros: “Religioso dominico de gran influencia….”, pero la inocente contemplativa desconoce, ¡qué casualidad!, el lugar de nacimiento del famoso predicador y para nada lo relaciona con Valencia o los valencianos. Para esta Sor Citroen de la onomástica no existimos, pese a sus años de residencia en la ciudad del Turia.

Respecto a Vicente, ofrece estas variables: «catalán Vicent, Vicenç; gallego Vicenzo; euskera Bingen, Bixente; francés, inglés Vincent; italiano Vincenzo» (p. 383). La monjita sabe que Vicent es valenciano y Vicenç es catalán, pero quizá si los diferenciara no colaboraría con la Fundació Maragall, ni el alcalde de Manresa la aplaudiría. La onomástica de Caram apesta más que el Irún-Lisboa.

De Joaquín, por ejemplo, ofrece hasta el hipocorístico catalán Quim, pero desprecia su equivalente Chimo; documentado literariamente en idioma valenciano antes que Quim en catalán: ‘Rahonament entre Chimo el Gros…’, 1797; “Chimo Torrosos” (Merelo: Tot ho apanyen els dinés, 1866); “Chimo el matalafer” (Fuster: El nano de la falla, 1894), etc. Del latino manuparare ofrece el catalán Empar, silenciando los valencianos Ampar, Amparo, Amparito, Amparigües, Amparín, etc. Con alevosía, pues de ingenua no tiene nada, la monjita también da el castellano Dionisio; catalán Dionís; gallego Dionis; euskera Dunixi; francés Denís, etc.; pero calla la referencia al valenciano Donís, nombre propio que hasta la colaboracionista Gran Enciclopedia Valenciana reconoce como valenciano.

Ahora, Sor Caram, me dirijo a usted con el cariño que merece su condición de mujer entregada a la contemplación y al Digui-digui, pero no puedo dejar de aplicarle el epíteto de monja cojonera por despreciarnos a los valencianos. Usted finge desconocer que al Manel catalán corresponde el Nelo valenciano, y que tenemos nombres propios e hipocorísticos tan respetables como puedan ser los gallegos, vascos, catalanes y castellanos que tanto admira. Aquí viven Vicenta y Visanticos, Conches, Nelos, Amparitos, Donís, Batistes, Ricarts, Sentos, Boros, Gerarts, Huísos y Lloisos, Quelos, Toniques, Sensis, Visantetes, Goris y Goriets, Tanos, Peranses, Cheronis, Baoros, Chimos, Francisquetes, Chuanos (sí, con ch), Colaus, Pepiquetes, Tófols, Blays y Blayets, Matietes, Micalets, Nasios, Enriquigües, Rafels y Rafelos, Tonets, Cayetans, Melchiors, Eduarts, etc.

Hay documentación; así, de Ricart (no Ricard), por ejemplo: “mossen Lluch Ricart” (Siurana: Disputa de viudes, 1561); “Ricart al Sant ha posat…” (Fiestas a Tomás de Villanueva, 1620); y si Marti Gadea traducía Milagros a Milacres en 1900, en el 1600 ya teníamos el nombre de Satán o Satanás singularizado en idioma valenciano: “puix de Satá fort…” (Orta, Melchior: Fiestas reliquia S. Vicent, 1600, p. 41). Para no
acabar con el nombre del demonio, venerable Sor Caram, le daremos un hagiográfico equivalente al catalán Paula, que es Pola, el de la isla homónima: “Santa Paula, que en valenciano se llama Santa Pola” (Mayans; Ilici, 1771, p. 204).

La Mare dels Desamparats es la Cheperudeta (pronunciat chaperudeta, en e auberta), al derivar del medieval gepa, que dio chepa en el idioma valenciano moderno: “el cheperut” (Aguilar: Diálogo entre un morisco…, 1622); “cheperut” (Mulet: Poesies a Maciana, 1643); “chepa en terra” (Trobos pera esplayar; h. 1780); “cheperuts” (Conv. de Saro. 1820); “fasa chepeta” (Bernat: Un ensayo fet en regla, 1845); “chepetes” (Declaració de Tofol. Xátiva, 1852); “cheperudeta… cheperut” (Col. casament de Miquelo, 1854); “chepa” (Colom: Cuatre comics. 1873); “chepes” (Liern: La mona de Pasqua. 1862 ); “la chepa” (Escalante: El agüelo .Cuc, 1877); “coixos, atres en chepa” (Sansano :Una sublevació en Jauja, Elig 1896).

Y usted, Sor Caram, escribe Xeperudeta (p. 49), algo impropio de una gloria de la filología cojonomística. Esa ortografía será válida en Tucumán; pero no es catalán del Digui-digui ni, por supuesto, idioma valenciano. En fi, Deu mos guart de Satá y Sor Caram. Amén.