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Pérez Galdos y el idioma valenciano

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Diario de Valencia, 10 de Diciembre de 2000

Del Madrid burgués a la aldea más alejada, el máximo novelista español del siglo XX observaba in situ paisaje y paisanaje, anotando información de testigos directos. Así, cuando en 1904 tuvo que escribir en los Episodios Nacionales sobre los sefarditas, Galdós se traslada al norte de Africa y convive con una familia hebrea. Sus novelas históricas tienen andamiaje documental riguroso, con personajes anclados en ambientes auténticos. En el caso de los sefarditas de Aita Tettauen‘, al reproducir su lengua comete pocos errores; p.e., usar goi propio de hebreos alemanes y no sefarditas de Tetuán (Weber: Galdós Studis. London 1974, p.32).

El autor de Fortunata y Jacinta también se ocupó de nosotros, y con tanto empeño que se convirtió en un perfecto historiador (algo que servidor no es, aunque el DdV me adjudique alguna vez tal honor a pie de artículo). Galdós admiraba a los valencianos desde que escribió sobre su heroísmo ante los franceses en la defensa de Zaragoza. Por el contrario, en La campaña del Maestrazgo muestra la brutalidad en que podemos caer, cuando la discrepancia ideológica se transforma en odio irracional.

Rperez galdosespetuoso, Galdós no nos insulta llamando Levante o País a nuestro territorio, sino que mantiene la denominación correcta. En la primera página centra al lector geográfica y políticamente: “…comunicaban Zaragoza con el Reino de Valencia. Confluían allí los trayectos peoniles y carromateros de la parte de Alcañiz, del Maestrazgo y Vinaroz” (Pérez Galdós, B.:La campaña del Maestrazgo, cap.1). Es curioso que de todos los reinos de la corona española, sólo el de Valencia mantuvo la denominación hasta que Carles Salvador, Fuster y compañía lo rebajaron a país para que no hiciera sombra al principado sin príncipe.

Meticuloso, don Benito aplica el apellido Toledano para un sefardita y, con igual propiedad, los hipocorísticos valencianos Nelet y Chimeta. Las anécdotas narradas son tan reales como las que nuestras familias conservan del pasado. Mi madre hablaba de “la tía Presentación, tía del bisabuelo, que huyó de Llombay por miedo a los liberales. Bajo la falda llevaba cosidas una bandera y boinas carlistas, pasando un control sin consecuencias”. Cuenta Galdós que cuando la columna carlista recorre el camino por “el alto Reino de Valencia” -entre Catí y Salvasoria-, aparece tras un matojo la mensajera Malaena de Vallivana, uniéndose a Nelet, Llangostera y Santapau, este último con raíces en Ares del Maestre. La mujer sólo usa un idioma: “No hablaba más que valenciano, dulce y lacónico, apoyando con sus flacas manos los dichos, cual si quisiera estamparlos en el aire” (ibid. c. XX)

¡Vaya! Qué calladito lo tenía la inmersión. Ahora comprobamos que no sólo fue Cervantes quien admiraba la dulzura del idioma que se extendía hasta Tortosa; también don Benito Pérez Galdós, segundo del ranking de la narrativa hispánica; lo mismo que el más admirado pensador del siglo XX, don Miguel de Unamuno; e igual que el más virtuoso prosista, Azorín; literato que presumía de ser “valenciano de Monóver”

El prurito realista de Galdós le hace reproducir en valenciano la contestación a Malaena: “Le dijo Nelet. Adelantat y espéramos en la font, al peu del mont. Allí pasarem la nit. Arreplega llenya y fes una bona fogata. Pren estes provisions…” (ib.). La columna carlista es capitaneada por el famoso Cabrera, tortosino valencianizado. Así hace hablar Galdós a Cabrera en la aproximación a Valencia: “…no carregues molt a eixe pobre home, qu´es un senyor poch acostumat a traballs. Sou molt brutos, y no teniu ni pizca (sic) de criteri ni talent. ¡caramba! Es precís que sapiam distinguir entre un home y un senyor. A atres que son burros de veritat, els trateu com si foren senyorets, y no teniu llástima d’este pobre vell” (ib. cap.X1ll)

Los tortosinos estaban idiomáticamente más unidos al Reino que al condado. También es significativo el caso del clérigo catalán de Tortosa que, en la carga de la caballería, grita “iViva la Virgen de los Desamparados, nuestra Madre!. (ib.cap.XII)A los cuatros días, Cabrera entra en Cheste. El novelista recrea una escena en el piso bajo del Ayuntamiento, donde se alojaba el militar: “Estaba el caudillo de sobremesa con dos mujeres guapísimas, de nacarada tez; los caragols sobre las sienes, cruzados por ganchos de oro: el moño de trenzas, atravesado por las agujas, ofrecían el clásico modelo de peinado valenciano”(ib.) El prisionero de Cabrera, un viejo noble aragonés, cree que son “grandes señoras disfrazadas de campesinas”. Una, compadecida, murmura: “Em dona llástima.¡ Y en quina dignitat porta la seua miseria! (ib.) Las pinceladas idiomáticas dan color valenciano al horrendo drama. Un sargento del Reino vocea: “El que no treballa no menja, que no estem pera mantrindre vagos”. En otra ocasión, el anciano pregunta: “¿Dónde estamos? Respondiéndole con una retahíla valenciana” (ib.).

Los catalaneros alegarán que Galdós era un ignorante en el tema. Pero no cuela. Don Benito tenía relación literaria con escritores catalanes como Narcís Oller, el cual le remitía manuscritos de sus novelas, como hizo con “La papallona” antes de publicarla en 1882. Después de leer la historia de la “noia órfena i malaltissa” en catalán, Galdós escribe a Oller felicitándole por ser “obra encantadora”. El mejor novelista español después de Cervantes distinguía entre valenciano y catalán. Fue un intelectual que no se doblegó ante el poder, ¡y así acabó el pobre!.
Las guerras carlistas fueron un galimatías cruel y disparatado, con mi antepasada “la tía Presentación” danzando entre Llombay y Viver con las boinas bajo los faldones; con Cabrera fusilando en Burjasot a los cadetes valencianos, casi unos niños; con los llamados cristinos asesinando a la madre de Cabrera; con Nelet, Chimeta, Llangostera y Malaena enloquecidos por los caminos “del alto Reino”. Es mejor olvidar esta calamidad, pero no el hecho de que hablaban idioma valenciano, no catalán; como recuerda Don Benito Pérez Galdós.

Diario de Valencia, 10 de Diciembre de 2000